JOSÉ M. GÓMEZ-ESCOLAR |
Sabiendo a lo que se arriesga, pues el toro siempre persigue a los cojos, a los más débiles, a los necesitados, a los que casi no pueden llegar a fin de mes, y cansado de estar tanto tiempo enchiquerado, a solas con su hipoteca, y aburrido de ver siempre los toros desde la barrera, hoy, por fin, don Iluso decide saltar al ruedo de la vida. Se pone su vestido de desesperación y oro, el de las tardes trágicas, elige el capote de paseo bordado con la Virgen de la Esperanza y con más valor que El Guerra, espera que llegue el momento de la verdad. Hoy tiene que ser su día. Necesita triunfar y salir por la puerta grande. Aunque acostumbrado a torear en chiqueros conoce los terrenos apropiados. Se ha apretado los machos y anda dispuesto a agarrar la vida por los cuernos. Sólo le falta que la Virgen le eche un capote para solucionar sus hambrunas y dejar definitivamente de estar para el arrastre. Piensa primero irse a porta gayola, enjaretar cinco lances y una media y luego, con la muleta en la izquierda, la de los triunfos, la que da el dinero, con la mano muy baja y echando “la pata alante”, bordará la faena soñada. Traga saliva, se santigua varias veces y arranca el paseíllo con la pierna derecha. Llega al portal con torería y dispuesto a lo que sea. “El triunfo me espera”. Ganas e ilusiones no le faltan. Lo que le sobran son años aunque realmente nunca va a ser más joven. Son casi las cinco en punto de la tarde. Al salir, el conserje masculla imperceptiblemente : ¡ Buenas tardes, don Iluso!
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