Charo Sanz Rueda

CHARO SANZ RUEDA
Libra, cosecha del 50, le gusta mucho la gente y sus historias, aficionada a todo y especialista en nada.



Hace muchos meses que al llegar al trabajo miro con curiosidad, desde mi  muro de cristal, al balcón del tercero derecha de la calle de enfrente.
Los moradores de ese piso, a los que me imagino, tienen un maniquí asomado siempre al balcón. No está abandonado, porque a menudo aparece vestido de formas diferentes.
Ayer lucía ropas negras con una capa y un casco también negros. Otras veces es una rubia despampanante, con boas de plumas, batas floreadas, cintas y adornos de colores… Porque, claro, puede ser hombre o mujer, no es problema en absoluto, como tampoco si es rico o pobre. Aparezca como aparezca es un exhibicionista, un actor, un mimo paralizado.
En invierno, como no siempre está bien abrigado, aguanta inmóvil lluvias y nevadas. Siento que protesta con tristeza en el fondo de esa sonrisa hueca que intenta adornar su cara, aunque en otras ocasiones ríe con facilidad. Pero ya lo sé… su alegría o su descontento dependen sólo de mí.
Hoy le han quitado el casco.
Me está observando atentamente. Parece casi humano.
Pelo corto, rubio ceniza, ojos muy negros  y un cuello fino que a veces tengo la sensación de que se mueve.
Me pregunta que tal estoy.
-¡Mucho mejor!... Se lo agradezco, de verdad.