Celes García Mata

FERNANDO DORIA
Agente comercial jubilado.
De joven, vendía algunos de los libros con los que me tropezaba. El poco dinero que conseguía con aquellas hazañas me lo gastaba de fiesta con mis amigos. Ahora, de mayor, los compro para disfrutar y hasta me atrevo a escribir algo.
Con el tiempo he descubierto que: “Los libros son el alma de la libertad y el futuro de la humanidad”.

Un turista francés, jubilado y residente en una zona costera del levante español, que chapurrea el castellano, circula por una vía urbana con su Suzuki GSX 600 a setenta kilómetros por hora exactamente. Una pareja de la Guardia Civil le da el alto, ya que el límite permitido es de cincuenta.
-Buenas tardes -le dice el más viejo de los circunspectos agentes-. ¿Sabe que circula usted a una velocidad muy superior a la permitida en esta zona? Déjeme su carné de conducir.
El francés levanta los hombros como si no entendiera nada.
El otro agente, el más joven, saca la cartera y le enseña su carné de conducir.
-¡Queremos ver el suyoooooo!
El francés mete una mano en el bolsillo y saca el carné de una biblioteca municipal.
-¡No, no, no! Queremos su permiso de conducir.
El francés sigue sorprendido. Levanta los hombros rítmicamente mientras aprieta las facciones de su cara como si quisiera que se le borrasen.
Diez minutos después, agotados, la autoridad de palabras y el francés de gestos, el más viejo de los guardias decide zanjar el tema y se dirige con autoridad al francés.
-¡Circule, circule!... Vamos a pasarlo por esta vez.
En el tiempo que ha durado el fallido intento de poner una infracción, golpeando con su viento a los guardias, han pasado a velocidad inadecuada treinta y siete turismos, tres furgonetas de transporte, una caravana, cinco camiones, dos autocares de pasajeros y nueve motocicletas. Sobre la velocidad de un equipo de ciclistas aficionados hay desacuerdo.
-Este se va con una sonrisa, que es lo que más me jode -le espeta el joven al viejo guardia.