Javier Crespo Dueñas

JAVIER CRESPO DUEÑAS
Me interesan sobre todo los escritores que saben llegar hasta los últimos rincones del lenguaje con tanta soltura que pueden modelar a su antojo la imaginación de quien les lee. Me gusta escribir para “creerme” que puedo hacer lo mismo que ellos.



         Emprendió el viaje casi sin equipaje, sin nada junto a él que recordara lo vivido hasta entonces. La misma luz al filo de la tarde. Orgulloso de sí, pletórico de fuerzas como nunca antes, se había sentido un hombre completamente nuevo.
         Ahora, casi tres años después, desengañado, prematuramente envejecido y arruinado, no se arrepentía de haber seguido el rastro de aquellos ojos, una mirada que le  había traído a este lado del mundo. Sin embargo,  cuántas veces después había suplicado volver a verla. Días enteros, interminables noches de insomnio. ¡Un segundo nada más, por favor!
       El dolor, inmenso, le cercenaba el alma como una guadaña recién afilada. Implacable tristeza, inconsolable, única. Abrió los ojos frente al reloj sin prestar atención a la posición de las manillas. Qué importaba la hora si el tiempo había dejado de existir. Así que, sin prisa, se acercó a la ventana por la que penetraba un  aire  espeso, casi gélido, y dirigió la mirada al cielo cubierto ya con aquel extraño tono rojizo del que se teñía al atardecer. Observarlo le devolvía un leve atisbo de la paz que había perdido y, cada puesta de sol, lo contemplaba reflejado sobre las aguas del río anunciando las primeras sombras de la noche.
       Salió de casa y bajó las escaleras lentamente. Ya en la calle se detuvo a encender un cigarrillo, aspiró profundamente y comenzó a caminar. El viejo puente no quedaba lejos. No escuchó crujir las maderas a su paso, apoyó los brazos en la herrumbrosa barandilla y llenó sus pulmones de humo antes de aplastar la colilla bajo su pie. El cielo ya no era rojo y al fondo, los barcos, apenas puntos de luz sobre una inmensa mancha oscura.