Carlos Doria

CARLOS DORIA
Cuando vine al mundo (Madrid – 1.949) la racionalidad no se aprendía ni en casa, ni en el colegio, se la encontraba uno por la calle con aires de clandestina. Esta es la razón esencial por la que he tardado más de cuarenta años en madurar. Mis más sentidas disculpas a mis novias, amigos, familiares, y otros contemporáneos.

 

A MI AMIGO PEDRO COBOS

         Un día primaveral de 1.982 fui a una Librería madrileña en compañía de mi amigo Pedro, Don Pedro para mí. No íbamos en busca de ningún libro en concreto, sino a pasar un rato y dar un corto paseo.
         Mientras yo ojeaba, muy por encima, el expositor de Historia, mi amigo, con mirada experta y amenazante, se adueñaba de las últimas novedades literarias.
         En medio de la Librería oí un grito. Era la aguardentosa voz de Don Pedro.
- ¡Ven Carlos, ven!... Mira esto.
Me enseñó la portada de un libro y la leí con atención. Ahora no recuerdo ni el título, ni el nombre del autor. Después, él me leyó la contraportada. Hablaba de un español nacido a mediados del siglo XX, que publicaba su primera novela de cuatrocientas diecinueve páginas. Este detalle lo tengo bien grabado en mi memoria.
Antes de que me preguntara cual era el meollo de la cuestión, Don Pedro abrió solemnemente el libro por su primera página, y me dijo.
- Lee.
Empecé a leer en un tono de voz discreto.
- Como decía Platón…
Me amigo me interrumpió indignado.
- No hay derecho… Los editores deberían obligar a los narradores noveles a que su primera publicación fuera un cuento de una sola página, en el que intentaran no citar a Platón.
Le sonreí. No parecía una mala idea.

 

Carlos Doria