Daniel Muñoz Estrada

DANIEL MUÑOZ ESTRADA
Defensor de la amistad, extrovertido, alegre, inquieto, impetuoso, leal, tozudo, imaginativo, perezoso, impertinente… si creyese en el horóscopo, diría que soy Leo.



Un estrépito metálico quebró el silencio de la madrugada, ahogando el eterno “tic-tac”. Aquel viejo despertador anunciaba a Petronila una mañana más, como tantos años lo hizo, que debía levantarse. Se incorporó, un poco más desorientada que de costumbre, y se sentó en la cama. Puso los pies en el frío suelo de su cuarto y decidió calzarse rápidamente y ponerse su desgastada bata para no constiparse. Estaba siendo un duro invierno, pensó. Las siete de la mañana. “Todavía queda mucho para las ocho de la tarde”. En el baño se aseó, peinó y se calzó su dentadura postiza. Observó cómo el agua resbalaba entre sus dedos huesudos. Pasó a la cocina y calentó leche en el cacito requemado de siempre. Echó dos temblorosas cucharaditas de descafeinado y una de edulcorante. Añoró sus tiempos mozos, en los que podía comer dulces hasta reventar. Miró el reloj; “¡Todavía quedan muchas horas!”.
Decidió dejar que el tiempo transcurriera mientras hacía limpieza en sus papeles: tenía que encontrar la dichosa cartilla del banco. Sacó el primer cajón de la cómoda (no el segundo, donde guardaba las joyas entre la ropa interior) y trabajosamente lo puso encima de la cama. Pasó el rato ordenando fotografías amarillentas: su marido, sus dos hijos y su nieta le hicieron compañía durante parte de aquella mañana, pero no consiguió encontrar la cartilla. Se distrajo con la radio, escuchando cosas que no era capaz de comprender. Pero esas voces la habían hecho compañía desde que su marido murió (“¡hace tantos años!”) y más aún desde que su hijo mayor fuera víctima de los locos 80.
Muchos “tic-tacs” después decidió hacer la comida, unos cuantos después comió y tras otros cuantos más, decidió retomar la toquilla que estaba tejiendo para su nietecilla. “Ya queda menos para las ocho”. Una punzada agitó su estómago.
Despertó a las seis de la tarde, su labor en el suelo. Nervios. Una pastilla, y vuelta a la tranquilidad. “Tic-tac”. Las seis y media, las siete, siete y media… ¡las ocho!. El teléfono suena. Lo descuelga, con voz temblorosa: “¿Quién es?”. “Hola mamá. ¿Qué has hecho hoy?... ¿Te encuentras bien?... ¿Has visto lo que dicen en la tele?... Hace frío, abrígate si sales…”. Fin de la conversación. Se recuesta en la desvencijada butaca, tranquila. Sus ojos cansados miran el reloj, su fiel pero inapelable compañero. “¡Aún quedan muchos “tic-tacs” para las ocho de mañana!”