MIGUEL ANGEL ALPUENTE |
Todas mis esperanzas de poder terminar el cuento se vinieron abajo cual castillo de naipes. Yo estaba en la terraza de mi bar favorito, disfrutando de dos grandes placeres, una agradable temperatura y una cerveza en copa fría. Pensé: “Y si no les gustan las perdices, seguramente no les guste ninguna pieza de caza, o tal vez sean de alguna asociación defensora de los animales”. La aparición del lobo, feroz o no, en mi historia, quedaba pues descartada, dado que bajo ningún concepto pretendía herir sensibilidades. Siempre me quedaban el gigante, el ogro, el dragón y la bruja, personajes casi imprescindibles en cualquier cuento que se precie. Aunque, en los tiempos que corren, con temas como la pederastia, el acoso, tanto sexual como laboral, la xenofobia o la violencia de género, no tenía nada claro si los abusos del gigante, las persecuciones del ogro, los secuestros del dragón y los manejos de la bruja con sus victimas, estarían bien vistas. Decidí prescindir de estos habituales de las narraciones. Prácticamente mi abanico de personajes casi se había reducido al hada buena y al príncipe, azul o de cualquier otro color, pues ya no estaba la cosa para elegir. Pero casi sin darme cuenta me asaltaron nuevas dudas. La sexualidad de las hadas nunca ha estado muy clara. Iba a ser mejor no entrar en ningún tipo de conflicto con el mundo gay. Y por otra parte, el tema del príncipe no me animaba mucho dadas mis ideas republicanas. La situación era angustiosa. Me había quedado sin personajes. Abatido, e incapaz de escribir, aunque solamente fuera un cuento de una página, apuré mi cerveza, ya no tan fría, y tras pagar a Nelson, el camarero, me levanté y le di las buenas tardes. - Buenas tardes será para usted; a mí aún me quedan varias horas de trabajo y total, para lo que me pagan. ¡Esto es un asco! La actitud de Nelson, este ecuatoriano de Guayaquil, llegado a nuestro país con el cambio de milenio, y con una situación personal un tanto complicada y confusa, me llevó a pensar: “La gente no es feliz”. ¿Cómo se puede escribir un cuento, aunque sea de una página, cuando no se puede escribir ni el conocido final de las perdices? Adiós, abandono.
|