Mariano Izquierdo

MARIANO IZQUIERDO
Escritor inedito,cámara casí jubilado.



Iba cayendo lentamente en el abismo azul, cuando recordé mi primer día.

Ocurrió hace bastante tiempo, aunque eso siempre es relativo, pues las de mi especie no suelen durar tanto como he durado yo.

Vi la luz por primera vez en un remoto país del Lejano Oriente. Unas manos pequeñas y curtidas por el trabajo terminaron de coserme el símbolo de la marca, un número, el 60, y unas palabras Made in noseque-istan. Con el tiempo los sudores las irían borrando. Recuerdo que el dueño de aquellas pequeñas manos se me quedó mirando, examinando si tenía algún defecto, con una cara sin expresión, o quizás con expresión de cansado, todavía no sabía distinguir bien los gestos de los humanos. Ni los gestos, ni los tamaños. Tiempo después pensé que el dueño de aquellas pequeñas manos probablemente no tuviera ni diez años. Finalmente, me metió en una bolsa de plástico transparente, apilándome junto a cientos de seres iguales que yo. Todas apretadas en una enorme caja de cartón, que cerró y precintó.

Volví a ver la luz en una estantería de un Centro Comercial, debajo de un anuncio de la marca y un rótulo de 20 $. No duré mucho allí. Un simpático joven me cogió, me colocó sobre su cabeza, nos miramos en un espejo, puso cara de conformidad y empecé a ver el mundo desde cierta altura. Al día siguiente, salimos hacia África. Mi compañero era fotógrafo de prensa y llegó a caerme bien, aunque siempre tuve la duda de si tenía un don especial para saber cuando se iba a producir una carnicería, o esta se producía porque él aparecía con su cámara para retratarla. El caso fue que en una jornada que parecía tranquila, una bala perdida nos atravesó, primero a mi y a continuación a su cabeza. Quedamos tendidos en el suelo. Vi como se lo llevaban en la caja de una camioneta, mientras yo era recogida por una mano pequeña y colocada sobre la cabeza de su propietario, desde mi punto de vista, demasiado pequeña para mi tamaño. Aquel individuo se pasaba el día dentro de la tierra buscando piedras transparentes, que pulidas y talladas se vendían en las joyerías, o se guardaban en las cajas fuertes de otros continentes. El propietario de la cabeza pequeña consiguió juntar algunos dólares, quizá con la esperanza de que algún día le rescataran de aquel infierno. Tras dos años de caminar, pasar frío, calor, cansancio, hambre y miedo, anoche nos embarcamos camino de un paraíso llamado Fuerteventura. Al amanecer empezó a levantarse un viento cada vez más fuerte… Cuando caímos al mar, él se hundió rápidamente. Su cabeza siempre me había quedado pequeña.