
JUANRA ABELLÁ
Humilde profesor, ambiciono sólo cosas que hoy en día están devaluadas: no parar de aprender, vencer mis miedos y vivir libre. Y si, en el camino, puedo seguir disfrutando de un buen libro, una película emocionante o una conversación divertida con un amigo, mejor que mejor…
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Un anciano, sentado en la arena de la playa, había olvidado por un momento su miedo a la muerte. Paladeaba la brisa marina con calma mientras miraba el amplio paisaje. El sol caía maduro y la tarde se reflejaba en el mar soltando destellos anaranjados.
Por la orilla desfilaban tres niñas que se dirigían dando saltitos hacia el espigón. La más pequeña, de unos cuatro años, llevaba un cubo. Su hermana, algo mayor, la conducía de la mano. De vez en cuando, las hermanas se entretenían con las conchas incrustadas en la arena mojada.
- Vamos, que hemos venido a lo que hemos venido —increpó la amiga que aguardaba impaciente.
- Sí, pero también hemos venido a coger conchas —contestó desafiante la mayor.
El anciano observaba la escena con curiosidad. Cuando las niñas llegaron al borde del espigón se pararon vacilantes. La pequeña atenazaba con fuerza su cubo mientras miraba de reojo a su hermana. La amiga, más intrépida, se lanzó a escalar por el rompeolas. Se encorvó para apoyarse con las manos en una de las rocas y asegurar así su equilibrio y siguió trepando con tal gracia que parecía haberlo hecho toda su corta vida. Las otras dos seguían paralizadas, contemplando la escena con atención y respeto. Entonces, la chica que ya se encontraba arriba, se volvió hacia ellas y les animó excitada:
- Venga, ¡subid!
Pero la pequeña estaba clavada en la arena y la mayor no pudo avanzar. Tiró de ella, pero era inútil. Con un rayo de lucidez infantil, le susurró:
- No puedes vivir con miedo.
La chiquilla, atemorizada, miró con un gesto de incomprensión y enfado a su hermana, que logró zafarse de su diminuta mano y marchó hacia el espigón. Fue entonces cuando la niña echó a correr detrás de ella con la ira de alguien que pelea contra un gran enemigo. Cuando llegaron a la cumbre gritaron divertidas. El anciano esbozó una sonrisa, hechizado con la victoria que había presenciado. Y, lánguidamente, partió de la mano de su compañero, ese miedo fiel que había vuelto a su lado. Él, a diferencia de las pequeñas, ya no quería derrotarlo.
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