Maín G.-Escolar

MAÍN G.-ESCOLAR
Soy adulto, cristiano, fumador, heterosexual, antizapaterista compulsivo, depresivo, alcohólico pasivo, irascible, obsesivo, hiperactivo, hiperpasivo, antifeminista, charlatán, inconformista… Odio a Charles Darwin, detesto a Al Gore, envidio a Bill Gates y no creo en la teoría del Big Bang. Esto hoy, mañana no sé.



Había estado tanto tiempo sentado a la orilla del camino que prácticamente había olvidado el rugido de la poderosa máquina. A su derecha un mar de bruma teñía al horizonte, y en la madurez del día, cuando el sol cubría de terciopelo rojo el círculo de la vida, un poderoso rizo de partículas invisibles absorbía la masa encefálica del día para pasar, casi sin pausa, al oscuro letargo de la noche.
Se incorporó entumecido y un afilado calambre recorrió su espina dorsal. No hacía frío. No había tampoco gota de lluvia, ni sombra de árbol, ni castañear de dientes. No alcanzaba a ver, ni tan siquiera pegada a su nariz, la palma de la mano, cuando una potente luz, como salida de la nada, le deslumbró y atrajo su atención.
De pié, como estaba, se quedó rígido, inmóvil mirándola y sintió que el corazón le reventaba de amor por ella.
Se acercaba hacia él tranquila y sosegadamente, con su caminar pausado. Su forma semielíptica dibujaba belleza en el vacío, un vacío que había estado a rebosar de nada. Y como si ese indescriptible resplandor hubiese dado cuerda a su existencia, su corazón comenzó a acelerar el ritmo de las palpitaciones. Y el círculo se hizo prisma. Y el prisma absorbía toda la luz del universo por sus vértices.
Inesperadamente la diosa de cristal giro sobre sí misma e inició un movimiento en espiral. Tan pesada como el plomo y a la vez tan ligera como la mueca de un niño dormido, dejo tras de sí su bata de cola, transformando su puntiaguda estructura en sensuales redondeces. Y la pasión se apoderó de él como la angustia. Tras los primeros acordes del cortejo, un latigazo recorrió su alma, y cuando la vio tan cerca  su deseo se cubrió de fuego. Virgen y fértil, como una diosa, levantó los brazos hacia el cielo y sus dientes de perla modelaron la sonrisa de lo eterno. Sus caderas de viento, sus muslos de agua, sus pechos de nácar, sus rizos de plata y su sexo de oro se abrieron hacia él como abanico, y sus manos temblaron de impaciencia y de misterio. Saltó, gritó, lloró de emoción. ¡Que instante tan inmenso le proponía el destino!. ¡Que momento tan feliz!. Y ya llegaba. Y ya la tenía a un paso, a un centímetro, a un milímetro. Y ya cerraba sus alas sobre él. Pero el dolor fue tan poderoso y el impacto tan brusco, que se esparció, como granos de trigo, por el infinito espacio que le envolvía. Una pincelada de sangre y vísceras puso fin a larga espera.