Ana González

ANA GONZÁLEZ
Adicta a la contradicción
Mitad onubense mitad asturiana, mitad campestre mitad urbana, mitad tranquila mitad nerviosa, razonablemente esquizofrénica… me gusta escribir porque puedo ser quien se me antoje, desde una princesa de cuento de hadas hasta un marciano con cara de sapo.
Mi lema es: con los pies en el suelo y la mirada en el cielo.



Érase una vez un marciano que asistía a la Universidad. No nos importa qué estudiaba sino su enorme conflicto sobre qué narices hacía en este mundo. Cada mañana atravesaba los hostiles y fríos pasillos tratando de cubrir, con gorras o capuchas, la espesa e interminable masa verde que goteaba de su rostro. Nadie parecía darse cuenta de su existencia pero al marcianito le horrorizaba la sola idea de que alguien pudiera descubrir su identidad. Siempre caminaba lento, sigiloso y con la mirada fijada en el suelo.
Una vez, alguien le había mirado a los ojos con amor pero no fue en este mundo.
Hoy el marcianito ha conseguido atravesar la puerta de su aula sin que nadie cruce su mirada con la de él.  Se ha sentado en la última fila; como siempre. Todas las personas están a su vista  y él no está a la vista de nadie. Así debe ser.
De pronto, algo interrumpe su efímero instante de seguridad... “¡qué!…¿sensación?" ”Una mano cálida acaba de tocar su espalda. “¿Quién ha sido?, ¿qué?...” “no puede ser, detrás de mí no hay nadie…”. El cuerpo del marciano no responde. Es consciente de que se ha quedado totalmente inmóvil. Pero la mano le ha vuelto a rozar y ha quedado aparcada en su hombro. No parece querer moverse de ahí hasta recibir una respuesta. Lentamente, el marciano, se gira, tembloroso. Una inmensa sensación de calor le invade todo el cuerpo desde los pies a la cabeza; su cerebro reacciona y, como un acto de valentía que le supone el mayor sacrificio de su vida, consigue levantar la mirada…
Se encontró de frente con unos ojos negros, curiosos, clavados en él. Se enfrentó a la frialdad de una mirada crítica que, sin piedad le juzgaba haciéndole consciente de su fealdad y rareza. Los ojos parecían retorcerse y gritar de pánico, horrorizados ante lo que veían. Esta fue la peor mirada a la que nunca tuvo que enfrentarse. Para su sorpresa, alguien le había colocado un espejo ante sus ojos.