Juan José Aguirre Azaña

JUAN JOSÉ AGUIRRE AZAÑA
Como estoy jubilado, y desde hace algunos años me ha gustado escribir relatos que nadie me publica, pues he decidido enviar éste. Escribir, para mí, es un entretenimiento, y enviar lo escrito a las amistades es un vicio. Si son amigos, que lo demuestren y lean mis ocurrencias ¿No?



        

El día que tía Vírgula, la soltera,  me descalabró de un sartenazo supe que un niño no debía preguntar según qué cosas. Definitivamente, en mi familia, desde que yo era niño, estaba prohibido hablar de aquel señor.

- Es una cuestión de honor -, solía decir mi abuelo, y un brillo de rencor le asomaba a los ojos.

Por más que yo quisiera, jamás nadie me dio una respuesta que me aclarase la razón de aquel odio familiar. Alguna vez, si me ponía pesado, me reñían y me mandaban a jugar. Hasta lo del sartenazo de tía Vírgula, claro. Así no había forma de saber por qué odiaban tanto a aquel hombre del que los de casa  hablaban con medias palabras.

- Esas son cosas de mayores, y tú eres un  mocoso –, me decían muy dignos. Las respuestas venían a ser siempre las mismas. Lo único que variaba  era que mis tías me daban un pescozón, el abuelo un tirón de orejas y mi madre un azote en el culo. Lo del sartenazo de tía Vírgula fue una pasada.

Algo grave debió de ocurrirle a Vírgula con aquel hombre y, desde entonces, un círculo de silencio borró su nombre de entre la familia. Cuando se lo encontraban por la calle, se cambiaban de acera o le insultaban con rabia. Un día en el bar, mi tío Emeterio tuvo unas palabras con él, llegaron a las manos y terminaron en el cuartelillo de la Guardia Civil.

Tuvieron que pasar bastantes años hasta que me enteré que el susodicho había sido novio de tía Vírgula; que ya se iban a casar y echaron un décimo a la lotería de Navidad. Acordaron que, si les tocaba, con el dinero iban a montar la casa y pagarse la boda. Y les tocó el premio gordo. Pero el otro se lo pensó mejor, cobró el premio y se casó con una forastera.

El individuo se llamaba Maurelio Regaña, y yo – cosa de críos – jugaba con sus hijos.