Josefina de Andrés

JOSEFINA DE ANDRÉS
Nací casi a mediados del siglo pasado y quiero pensar que todavía estoy a mediados de algo. Lectora y viajera empedernida, de lo que me gusta, y de lo que no me gusta destacaría la derecha y la iglesia.

No sabe por qué, pero lo que más le gusta ahora, es dejar pasar el tiempo.

No de cualquier manera, claro está, porque para toda sensación siempre cuenta el entorno: el sol, el aire fresco de la mañana, o tomarse esa cañita antes de comer en cualquier rincón de la ciudad. Lo que más ansiaba y le ahondaba en ese placer que buscaba cotidiano, era no tener nada que hacer a continuación. Que el tiempo se le presentara vacío de actividad futura inmediata.

A veces se acordaba, que siendo todavía adolescente, se guardó en el cajón de la mesa donde solía ponerse a estudiar, una foto pequeña de su cara, de aquellas que pedían en el colegio para pegar en las primeras páginas del libro de escolaridad. De vez en cuando la miraba, en esas tardes interminables de adolescente en que simulaba estudiar, encerrado en su cuarto, y se hacía siempre la misma pregunta, ¿cómo evolucionaría esa nariz que ya parecía abultada, esos ojos tristones detrás de las gafas y ese flequillo casi de punta, empujado por un remolino? Porque lo que más le preocupaba era pensar cómo sería su futuro.

Ya entonces era un niño solitario, poco amigo de balones y patios, que rehuía casi instintivamente el griterío y parloteo incesante que le rodeaba. No tuvo más remedio que buscarse un alter ego que le diera la réplica en su diálogo. No fue a buscarlo demasiado lejos. Por las tardes en su cuarto, abría el cajón de su mesa y le preguntaba a su otro yo en qué trabajaría cuando fuera mayor y qué pasaría con su vida. Las respuestas fueron variando con los años y estos también fueron pasando.

Lo que no le ha cambiado con el tiempo, es el rechazo inmediato a la cháchara vacía y constante de los otros.

Todavía guarda aquella foto, como fondo de pantalla, en su ordenador.