José Luis Palomares

JOSÉ LUIS PALOMARES
Me llamo José Luis Palomares y escribo historias. Además hago otras cosas pero no son tan importantes. Una vez me contó un amigo que estando pescando vio como se ahogaba un hombre y logró salvarlo. Yo también he realizado hechos señalados pero ahora no me acuerdo así de ninguno.



I. El chasquido.
Millones de años antes Él chasqueó los dedos y los creó. Eran igual que nosotros e hicieron lo mismo que hacemos tú y yo. O lo que harás tú cuando seas más grande. Reproducirse con desesperación.

II. El jadeo.
El único sonido que se escuchaba era el de un jadeo acelerado.
El perro entró y cruzó el granero. Al llegar a la ventana abrió la ventana ayudándose con la cabeza y se acostó.
La luz descubrió el cadáver que se balanceaba sujeto por la soga atada al cuello.
El escenario se semejaba a una fotografía compuesta de forma exquisita. No había color tan solo una variedad de tonos marrones generados por la paja, las ruedas de carro, el telar roto, las paredes hechas con tablones de madera vieja, y la sangre derramada hacía ya tiempo.
La mano derecha había sido amputada. La izquierda colgaba del muñón y se balanceaba sutilmente sujeta por un único tendón. El dedo índice apuntaba al suelo, exactamente a un preservativo reseco.
En el suelo, desperdigados, se encontraban los dedos y la palmas de la  mano desmembrados en el centro exacto de un charco de sangre reseca. Fíjate que se encontraban justamente en el mismo centro, ni un centímetro más hacia un lado o hacia el otro. 

Justo detrás del cadáver, en un rincón en penumbra dos ojos enormes contemplaban el cuerpo. El ritmo de los jadeos era cada vez más acelerado. Cada vez más. Y más. Hasta que súbitamente se interrumpió por una exclamación ahogada. Como de orgasmo. Aunque no sabría decirte si era de placer o no.

III. El silencio.
El perro levantó la cabeza y miró entre las rendijas de las tablas. A lo lejos aparecieron millones de explosiones. Pasaron un, dos, tres segundos y una luz intensísima lo borró todo.