Jesús Monroy

JESÚS MONROY
Cómico de la "lengua", sobre todo si lleva encima un par de chatos de vino blanco homenajeando a su abuelo Ramón. Nació en el antiguo barrio de Chamberí, como el tigre, en algún momento del que no quiere acordarse…



Mi última imagen es el techo desconchado de la sala de nuevos proyectos tecnológicos de la zona cero. Me obligaron a tumbarme y tengo los ojos abiertos. Este fue mi último deseo. No puedo moverme. No puedo hablar. Acabo de recibir mi dosis mortal en forma de inyectable de la industria farmacéutica “soilent green”. Es el método seguido por el consejo de seguridad desde hace más de dos décadas. Así ha acabado mi historia. Tumbado en una fría camilla metálica. Me voy deslizando desde el lugar de mi ajusticiamiento hacia la morgue. No siento nada. Se está bien así. Por fin aquí…en la nada. No veo nada. Por lo menos no ese pasillo carente de iluminación por el que he deambulado miles de veces. Es curioso, pero desde el momento en el que he oído mi nombre, la reiteración de la sentencia y el tiempo estimado para la transformación, he perdido todos los sentidos, pero no mis pensamientos, mis recuerdos, mi nostalgia. Dos minutos. Es un número que me acompañó siempre. Mi favorito. Dos minutos para recordar. Toda una sorpresa. Nunca pensé que sucediese de esta forma. Siempre di por supuesto que en el momento en el que la aguja tocaba la piel del “indeseable” todo desaparecía, todo se borraba. El fin habría llegado. Su justo castigo. La muerte instantánea. La redención a cambio de un organismo para el estudio y la salvación de nuestra raza. Es lo que me había relatado clandestinamente un científico de rango A. Incluso en las conversaciones que lograba escuchar entre altos cargos de seguridad y familiares de las victimas era una creencia inamovible. Pero no. Aquí estaba yo…por lo menos mi mente.

Pantallas cinematográficas en las que se veía la imagen alargada de algún actor de la antigua Europa. Rayas que se multiplicaban por millones hasta que la imagen llegaba a un oscuro repentino y más tarde un cartel que ahora no conseguía leer. O tendría que decir... recordar. Tardes de olor a madera, a futuro…Las manos de mis padres y los ojos cerrados. Un juego del pasado. Azul color mar. Extraños seres translúcidos, insectos camuflados en una hoja que vuela libre. Y más recuerdos. Idiomas ininteligibles, dialectos olvidados, acentos perdidos. Toda una vida con una sola dedicación. Ya no recuerdo el año. Han transcurrido tantos. Solo unos zapatos negros brillantes, un extraño olor dulzón y un hombre que entonces me parecía un gigante. Desde ese día hasta la derogación de la pena de muerte fui el encargado de mirar a los ojos  por última vez a aquellos seres que se consideraba dañinos, molestos, incorregibles para el sistema reformador. Hoy yo fui el último. Y conmigo mis recuerdos…