DANIEL MUÑOZ ESTRADA |
Miró a su alrededor: todo era muerte y desolación. Los cadáveres se amontonaban y hasta sus botas llegaba un reguero de sangre aún sin coagular, que se hacía barro al transcurrir por el terreno arcilloso. Lo siguió con la mirada y se topó de nuevo con aquellos dos diminutos ojos negros como la noche, que continuaban mirándole curiosos, sin apenas pestañear. A aquel bebé aún le faltaban semanas para llegar al año. Y allí estaba, desafiante, sin emitir sonido alguno y aún en brazos de su madre, tirada en el suelo, muerta a machetazos. Trató de razonar. Aquel niño no debería estar allí, o al menos no debería estar vivo. “Sin duda, ha sido fruto del azar”. Siempre se cuentan historias en las que un tipo sobrevive milagrosamente a una matanza, o se habla de alguien que escapó de una muerte segura, o de aquél otro que sobrevivió al pelotón de fusilamiento. En ocasiones hay renglones que se escapan del guión escrito. Y ese niño era, en aquella historia, ese renglón. O simplemente, era fruto de una negligencia por parte de los soldados que habían estado allí antes que él y que no habían sabido cumplir las órdenes dictadas. Sea como fuere, aquellos ojos estaban clavados en él. Y por primera vez en su vida profesional, se sintió muy incómodo, como si le estuvieran robando el alma. No era una mirada de reproche, ni de tristeza, ni de rabia, ni tan siquiera inquisitoria. El niño apartó sus ojos, miró por un segundo a su madre y volvió a dirigir su mirada al hombre, acentuando su malestar. Nunca había sentido una mirada tan vacía, tan inexpresiva. Súbitamente, como despertando de un mal sueño, se dio cuenta para lo que estaba allí. “Soy un profesional”, se dijo. Y reuniendo todo el valor, dejando en el último rincón de su ser sus más primitivos sentimientos humanos, haciendo, en definitiva, el esfuerzo supremo de su vida, disparó. Al día siguiente, la foto que había hecho era portada en los diarios de medio mundo. En sus manos sujetaba un tembloroso ejemplar. En su larga trayectoria como reportero de guerra había visto las mayores atrocidades y comprobado en sus propios huesos lo abominable que puede llegar a ser el Hombre. Pero en ese momento, en aquél país, en aquella habitación de hotel, sin encontrar precedentes tras una rápida búsqueda en su memoria, una lágrima resbaló por su mejilla. “Ni el mejor periodista hubiese podido describir al mundo con tanta exactitud lo que yo vi. El poder de la imagen”, se justificó. Pero lo cierto es que aquellos dos minúsculos ojos negros le acompañaron todas las noches, a partir de aquel momento, hasta el final de sus días.
|