
MARÍA ISABEL REYMUNDO CUESTA
Asturiana de infancia, que no de nacimiento, paso en aquellas tierras el mayor tiempo posible. Sueño con retirarme allí. Disfruto enormemente de la vida en el campo y también del mar. Y adoro a mi perra, la que siempre me escucha en silencio y jamás me escatima su amor. |
Cuántas veces te esperé en mi ventana, atisbando a través de las cortinas para que, si venías, no pudieras ver mi ansiedad, agazapada tras mi propia soledad. Cuántas noches de llanto silencioso y mañanas de ojos hinchados, a pesar de haberme jurado no regalarte ni una sola de mis lágrimas, con la angustia, la tristeza y la confusión como únicas y fieles compañeras cómodamente instaladas en mi vida. Te he buscado con avidez día tras día, año tras año, entre la multitud por calles, carreteras y semáforos, con el alma desgarrada como una vieja y apolillada cortina de seda.
Hoy, como tantos días, he salido dispuesta a sumirme en la rutina pero, por alguna razón, hoy la percibí de un modo diferente: creí que hoy, por fin, te encontraría. Exultante de felicidad he ido a buscarte como entonces, al mismo lugar, a la misma hora, como si la cita fuera real, segura de que acudirías guiado por la luz inmensa de unos ojos que, a través del tiempo, aún te aman. Mi alma era, como entonces, un torbellino de sensaciones y mi corazón un volcán a punto de entrar en erupción. He encendido un cigarrillo y luego otro, he visto tu cara en cada hombre que se cruzaba en mi camino al tiempo que mi corazón se desbocaba. Y así, poco a poco, mientras la noche se derramaba tristemente sobre las calles mojadas, mi lumbre se ha ido apagando.
Sin tan siquiera unos rescoldos con los que calentarme el aliento, he vuelto lentamente sobre mis pasos para reunirme de nuevo con mis recuerdos, mi único tesoro, mientras la amargura comenzaba su particular carnicería. Porque hoy, como tantas veces, no has aparecido.
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