LITEO DELIRO |
Como dijo P…, bueno, como dijo alguien en alguna ocasión, la mejor forma de empezar un cuento encantado es con las palabras “érase una vez”. Pues bien, érase una vez una familia encantada que vivía en un pueblo encantado. A los tres hijos varones los habían bautizado con nombres de filósofos griegos. Al mayor, le pusieron Aristóteles. A los dos pequeños, a uno Sócrates y al otro un nombre que no me está permitido citar. Cientos de años atrás, el patriarca fundador, mitad humano, mitad dios del Olimpo, formuló un cuento que se había convertido en tradición oral familiar y que pasaba de generación en generación con tres únicas condiciones: sólo podía revelarse en secreto de varón a varón, sólo por riguroso orden de edad y, lo más importante, sólo en el momento exacto en que se cumpliera la mayoría de edad. En el mismo instante de ser revelado, el cuento tenía la propiedad de ser olvidado por quien lo contaba; ya que, palabra a palabra, se borraba de la memoria a medida que se inscribía en el cerebro del receptor. Por esa razón, pronto se le conoció como el cuento encantado y fueron muchos en la comarca los que intentaron, en vano, hacerse con él. Decía, además, la tradición, que si alguno se atreviere a contarlo en público, sobre la familia caería una maldición eterna. Llegó el día en que Aristóteles cumplió la mayoría de edad y su padre, que llevaba años deseando trasvasar el cuento a otras neuronas distintas a las suyas, le hizo poseedor de la historia y se liberó de ella para siempre. Dos años después, Sócrates cumplió la mayoría de edad. En teoría le tocaba el turno, pero el tercero de los hijos, cuyo nombre sigo sin poder citar, era su hermano gemelo. Nunca antes se había producido aquel conflicto en la familia. Aristóteles preguntó la hora a la que nacieron cada uno; pero el padre respondió que dos comadronas asistieron el parto practicando una cesárea de urgencia para sacar a cada hijo del cuello en el mismo instante. Ante la duda, y al ser una tradición oral, a Aristóteles se le ocurrió romper la maldición escribiéndolo en papel. Cogió un pergamino y comenzó: Como dijo P…, bueno, como dijo alguien en alguna ocasión, la mejor forma de empezar un cuento encantado es con las palabras “érase una vez”... |