ISABEL PAZ |
Nos dejábamos de ver durante las vacaciones y reanudábamos nuestra comunicación silenciosa al retomar las clases. Nada mas mirarnos sabíamos que tal nos iba. Después de las navidades, al mirarnos apreciábamos que los Reyes Magos habían renovado parte de nuestro vestuario. Un mes de septiembre, la primera mañana de colegio, al verle, me sorprendió su gran cambio físico, había crecido, sus pantalones ya eran largos y lo más importante, su madre había desaparecido del camino escolar. Yo intenté que mi madre también desapareciera, pero a principio de los setenta y en una típica ciudad del norte, esa idea era demasiado innovadora. Creo que más o menos fue esa la época en que me empezó a gustar y nuestras miradas empezaron a tener aires de coqueteo. Así fue pasando otro curso que fue el último. Ya no volvimos a encontrarnos. Poco después mis padres, mi hermano y yo nos fuimos a vivir a otra ciudad. Toda mi infancia se quedó allí. Pero cuando abrí la puerta y mi mirada se cruzó con la mirada del técnico del ordenador dos amplias sonrisas de complicidad aparecieron en nuestros rostros.
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