Isabel Paz

ISABEL PAZ
Aficionada a casi todo



Cuando abrí la puerta al técnico que estaba esperando, y sus ojos se cruzaron con los míos, reviví una parte de mi infancia. De pronto, me vi andando camino del colegio con una vieja cartera marrón heredada de mi hermano, una trenca azul marino y unas botas de agua, calle abajo. Siempre llovía por las mañanas, siempre caminaba a paso rápido al lado de mí madre y siempre en la misma esquina de la calle nos cruzábamos con un chico de mi edad o poco mayor. Nos mirábamos todas las mañanas con esas miradas largas y persistentes con las que miras cuando eres pequeño. Con el tiempo nuestras miradas cambiaron y ese primer recelo infantil se fue tornando en camaradería, sobre todo, cuando al llegar a la esquina, o su madre o la mía aprovechaban para regañarnos por cualquier cosa con ese tono de voz que solo sabe utilizar una madre para que se entere todo el mundo.

Nos dejábamos de ver durante las vacaciones y reanudábamos nuestra comunicación silenciosa al retomar las clases. Nada mas mirarnos sabíamos que tal nos iba. Después de las navidades, al mirarnos apreciábamos que los Reyes Magos habían renovado parte de nuestro vestuario. Un mes de septiembre, la primera mañana de colegio, al verle, me sorprendió su gran cambio físico, había crecido, sus pantalones ya eran largos y lo más importante, su madre había desaparecido del camino escolar. Yo intenté que mi madre también desapareciera, pero a principio de los setenta y en una típica ciudad del norte, esa idea era demasiado innovadora. Creo que más o menos fue esa la época en que me empezó a gustar y nuestras miradas empezaron a tener aires de coqueteo. Así fue pasando otro curso que fue el último. Ya no volvimos a encontrarnos. Poco después mis padres, mi hermano y yo nos fuimos a vivir a otra ciudad. Toda mi infancia se quedó allí.

Pero cuando abrí la puerta y mi mirada se cruzó con la mirada del técnico del ordenador dos amplias sonrisas de complicidad aparecieron en nuestros rostros.