SOFÍA RIBELLES |
Puse la mano sobre mi pecho para comprobar si latía mi corazón prestado. La pequeña luz amarillenta que llegaba dulcemente hasta mí desde el fondo de la caverna de la anestesia, se hizo más y más luminosa. Aquellas sombras maravillosas bailaban en dos dimensiones sobre las paredes de la sala de reanimación, unas bellas y blancas, otras más bellas y más blancas aún. Todo aquel caos hospitalario resultaba magnífico. Olvidé de pronto el sufrimiento de mi antiguo corazón achacoso. No pude decir nada, pero con la imaginación subí enormes tramos de escaleras, remé contracorriente, trepé a un sequoia infinito, me dejé penetrar por un dotado moreno que me llevó a siete orgasmos seguidos, buceé a pulmón libre en una sima submarina, hice puenting, devoré diez kilos de rosbif, me bebí una piscina de calimocho, me lancé en paracaídas desde la estratosfera… Plácidamente el cardiólogo tomo mi mano y me sonrió. “Tonto corazón el corazón tonto”, pensé yo mirándole a los ojos.
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