Rafael Ángel González

RAFAEL ÁNGEL GONZÁLEZ
Me hubiera gustado ser autor anónimo de coplas andaluzas: esas estrofas breves y sabias de amor y de muerte que pasan de boca en boca y resuenan por las tabernas. Como no tengo el ingenio suficiente, me dedico a observar y disfruto imaginando. A veces, escribo sobre ello.



Buenos días, señor agente. No, no estoy espiando a esos chicos. ¿La cámara de fotos? Sí, es mía. Pero no estoy haciendo nada malo. Se lo juro. Claro que puedo salir del coche y tenga, mi maletín. Son apuntes y libros. Nada más.
         Debo llevar una media hora aquí. Esperando, sí. Ya sé que no es habitual aparcar en este descampado pero es que necesitaba un buen ángulo de visión de aquel banco y del grupo que está alrededor. En realidad, sólo me interesa uno de ellos. Por favor, no me malinterprete. Sé que son menores. Ya, ya. Me imagino que es delito, pero yo no… Déjeme que le explique. No, señor agente, no son fotografías de chicos desnudos. Bueno, sí lo son pero se trata de esculturas clásicas y, como usted sabe, los artistas helenos y romanos solían esculpir cuerpos sin ropa. Nada de pornografía. Es arte. No, no soy detective y esto… No, tampoco paparazzi. Hay muchas porque soy profesor de Filosofía y las utilizo para acompañar las explicaciones, ya sabe, para ilustrar la época de los autores de los que hablamos: Sócrates, Aristót… No, no, en la universidad no; en un instituto de secundaria. ¿Aquí? No. Vivo lejos.
Juan, Pedro y yo siempre fuimos buenos amigos, ¿sabe? Nos criamos juntos en la misma calle y no nos separamos hasta después de acabar nuestras carreras. De eso hará unos 15 ó 16 años. Sí, la edad de esos chicos. A eso voy. Pedro siempre fue el más prematuro de los tres y, recién licenciado, decidió casarse con su novia. Se conocieron en primero y antes, incluso, de encontrar un trabajo estable se pusieron a la tarea de tener un bebé. Los médicos dijeron que él no era fértil. Piense que, en aquella época, no estaba tan extendida la fecundación in vitro y tampoco se la hubieran podido pagar aunque quisieran. Era tan estrecha nuestra amistad que nos comprometió. Se puede imaginar. Éramos amigos, nos queríamos y él nos necesitaba. ¿Quién mejor que alguno de nosotros para preñar a su mujer? Sí, eso fue lo que pensamos en un primer momento, que era una locura. Nos convenció. Créame, Pedro era muy meticuloso en sus razonamientos. Y muy insistente. Sólo impuso una condición: se marcharían a otra ciudad y no nos volveríamos a ver. Así fue. ¿Qué sé yo? Éramos jóvenes… Nos fuimos turnando, Juan y yo, hasta que ella quedó embarazada.    

Busco una foto, señor agente. Entiéndame, por favor. Me han dicho que es aquel chico rubio. Juan murió hace unos meses y yo necesito saber si se parece a mí.