
LARA OSORIO Tengo el corazón de rock, las manos llenas de palabras con las que podría aterrorizar Madrid y tantos años como los sienta ese día. Poeta y codirectora de trenes en el grupo poético y revista Trece Trenes. Puedo bailar, leer, cocinar y hablar por teléfono al mismo tiempo, creo que si esto no es un súper poder…se le acerca. |
Una vez mi madre trajo una caja llena de caracoles. De hermosos caracoles repletos de babas, con unos cuernos que podía rodear con mi dedo meñique y unos ojos gigantes llenos de rímel que no se cerraban nunca. Claro, eran caracoles del norte.
Los trajo para ahorrarse los dinerales que costaban entonces las cremas de baba de Caracol. Iba a dejárselos reptar por la cara una o dos veces al día. “Y encima me evito todos esos aditivos químicos que le ponen a las cremas”, decía muy orgullosa de su idea.
Tapó la caja de madera con un plástico transparente, puso abundante lechuga y un par de piedras dentro y los dejó en la terraza para que tomaran el sol y siguieran creciendo hasta que pudiera ordeñarlos en vez de que usaran su cara como un circuito de carreras, bueno de leeentaaas carreras de caracoles.
Al día siguiente se hizo una coleta, se puso una cinta en la comisura de la frente y se dispuso a inaugurar su reducido spa casero. Yo oí un pequeño sonido gutural que emanaba de la terraza seguido de un grito reclamándome con urgencia.
Al acercarme vi con horror la dantesca escena digna de una película gore de animales. La caja, la preciosa caja de madera parecía un campo de batalla amanecido. Los pobres caracoles gigantes yacían secos y despanzurrados por todo el hábitat que mi madre tan entusiasmada había elaborado para ellos. El plástico había actuado como una lupa gigante que cubría su falsario cielo del norte y los había achicharrado, hasta hacerlos parecer pequeñas tortillas verdes que sujetaban caparazones desastrados.
Unas semanas después mi madre llegaba a casa de mal humor sujetando una bolsa de herbolario de la que sacó un frasco diminuto de crema, con el dibujo de un caracol sonriente que dormía la siesta al sol.
Mi madre nunca más tuvo mascotas. |