
GUILLERMO MARTÍN DE INÉS Nacido en mitad del siglo XX y de profesión captador de imágenes, me
defino más de ciencias que de letras. Mi afición, los trenes,
estudioso de los ferrocarriles españoles, maquetista de trenes en
escala HO y coleccionista de trenes virtuales. |
Se despertó. Un bombo retumbaba en su cabeza. La habitación se movía y escuchaba un traqueteo persistente continuo y monótono. Miró hacia la luz que entraba por la ventana filtrada por una cortina. Se incorporó. Se acercó a la ventana, descorrió la cortina, la luz le cegó, cuando sus ojos se adaptaron, comprobó que estaba en un tren y no sabía donde iba. Estaba desnudo, excepto por unos calzones largos. No sabía cómo ni con quién había llegado a este tren. Solo se acordaba de haber estado con sus amigos de vinos y aguardiente, celebrando su despedida de soltero. Pasó un rato disfrutando de un paisaje montañoso y muy verde, distinto al de su pueblo, Castrillo del Val, que era árido y muy llano. Lo único verde era el trigo, la cebada y algún árbol perdido en la llanura.
Observando el compartimiento descubrió una maleta en el portaequipajes. La abrió. Solo contenía un saco con tierra y una nota que decía: “Para que no te olvides de tu tierra cuando veas el mar”. El mar. Luego su dirección era el mar. No lo había visto nunca en sus veinte años. Solo conocía Burgos, que estaba cerca de su pueblo. Se asomó a la ventana. El aire fresco y húmedo de montaña le despejó. El olor a humo y a carbonilla se mezclaba con el de pino y tierra húmeda. Cerró la ventana y fue hacia la puerta. Se asomó. No vio a nadie. Cerró la puerta y descubrió un timbre, lo presionó una y otra vez pero no ocurrió nada.
Pensó, o estaba solo, o en viaje de novios con su prima Margarita. Dos años mayor que él, matrimonio concertado por su padre y su tío. Pero, ¿la quería?... Estaba muy buena, eso sí. De pronto llamaron a la puerta. Se levantó, se tapó con la manta, no por frío sino por vergüenza y abrió. Buenos días, le dijo el revisor, falta una hora para llegar a Santander. ¿Quiere el señor desayunar? Espere. Dígame como llegue aquí. Le trajeron sus amigos medio inconsciente después de celebrar su despedida de soltero. Me dieron su billete y su maleta. Le acostaron y me dijeron que le despertara a la llegada a Santander donde se casaría. ¿Qué día es hoy?, preguntó. 14 de Junio de 1954, respondió el revisor. Pero si hoy me casaba en mi pueblo a las 12 de la mañana con mi prima Margarita. ¿El billete era de ida y vuelta? No señor, solo ida. En mi maleta solo hay una bolsa con tierra. Entiendo, dijo el revisor, veré lo que puedo hacer por usted. Le traeré algo de ropa y le buscaré un trabajo en la estación. El camarero le traerá el desayuno. Se marchó sonriendo y al rato soltó una solemne carcajada. ¡Menuda broma le han gastado! pero recapacita, ¿lo habrán hecho por cariño, para que no se case? |