Guillermo Martín de Inés

GUILLERMO MARTÍN DE INÉS
Nacido en mitad del siglo XX y de profesión captador de imágenes, me defino más de ciencias que de letras. Mi afición, los trenes, estudioso de los ferrocarriles españoles, maquetista de trenes en escala HO y coleccionista de trenes virtuales.



El portal estaba oscuro, mis pupilas se habían cegado por la luz de la calle. Al fondo una ventana que daba a un patio iluminaba la escalera.
¿Me aceptará?, ¿será como me contó? Estaba nervioso. Comencé a subir los peldaños de madera gastados por el uso. El barandal de hierro brillaba por el continuo roce, los balaustres al contrario, estaban comidos por el polvo y el oxido. Subí despacio.
¿Será como me dijo?, ¿rubia esbelta y ojos verdes? Yo le di mis datos físicos y económicos, y creo que le gusté. Por eso me citó en su apartamento. Llegué a la meseta iluminada por una bombilla de bajo consumo. Las paredes blancas pintadas recientemente amarilleaban por la poca luz. El corazón me palpitaba como una locomotora. Sólo nos conocíamos por Internet, durante dos meses nos contamos nuestra vida.
Estaba delante de la puerta de madera maciza con relieves de ebanistería y una mirilla dorada redonda como la palma de la mano. Busqué el timbre. No existía. Había una aldaba de latón. Toqué tres veces. Por fin iba a conseguir lo que tanto había deseado. La mirilla se abrió como un diafragma. Me iluminó un pequeño haz de luz. Se apagó al mirar alguien por ella. Se abrió la puerta. Allí estaba ella, a contraluz por la fuerte iluminación de la ventana del apartamento que silueteaba su cuerpo y su cabellera. La luz suave del descansillo hacía que destacaran sus ojos verdes y sus labios rojos y carnosos. La camiseta de algodón y el pantalón vaquero, muy ajustados, realzaban su cuerpo perfecto.
¿Luis?, preguntó. ¿Ana?, contesté. Como si fueran contraseñas. ¡Adelante! Me invitó a pasar. El apartamento era coqueto. Un saloncito con un mostrador a la izquierda que daba a una cocina americana. Al fondo el dormitorio con una ventana muy luminosa y una cama con dosel.
¿Quieres tomar algo? Tengo té recién hecho, me dijo. Acepté con la cabeza. No podía hablar, estaba alucinado. Me sirvió el té y se puso a hablar como una metralleta.
Sé que has estado esperando esto mucho tiempo, pero las dos amigas que tenía en el apartamento, no se han marchado hasta saber las calificaciones de junio, por si tenían que quedarse al examen de septiembre, pero han aprobado todo y han terminado la carrera. Si traes las dos mensualidades, la última nómina y el aval del banco, firmamos el contrato y el apartamento es tuyo.