Dani Bernal

DANI BERNAL
Lo único que sé con certeza es que quiero aprender algo, aunque todavía no sé el qué.



Era una mañana normal, el nombre del pueblo no lo recuerdo, ¿dónde estaba? No lo sé y no creo que apareciera en ningún mapa. Las mujeres lavaban la ropa en el río, los hombres pastoreaban a sus animales y las aspas del molino giraban como de costumbre.  La mañana empezaba temprano, como a las seis, y se alargaba hasta la hora de comer. Por la tarde la cosa cambiaba, el descanso y el ocio inundaban la aldea; unos simplemente se sentaban a ver el atardecer, otros jugaban al dominó siempre acompañados de un buen vaso de licor. En definitiva, la vida era muy tranquila nadie entraba ni salía del pueblo; estaba situado en un lugar estratégico, y como ya he dicho antes, no creo que apareciera en ningún mapa.
Aquella tarde la rutina se rompió; mientras todos pasaban el tiempo en los jardines de sus casas, a lo lejos, fundiéndose con el atardecer, una figura se acercaba hacia el pueblo. Nadie dijo nada, ni siquiera se miraron entre ellos, sino que siguieron disfrutando de la tarde. En menos de un minuto, al acercarse el hombre a la aldea, la silueta que veían a lo lejos se convirtió en un hombre medio muerto, con un mapa en la mano y una sonrisa. Al llegar a la puerta de una de las casas se desvaneció. Los aldeanos siguieron sin articular palabra, unas miradas entre ellos bastaron para que todos se pusieran manos a la obra; lavaron al forastero, le pusieron ropas limpias y le dejaron dormir hasta la cena.

Cuando despertó estaba sentado en una mesa con un gran banquete, como si se tratase de la última cena de un condenado a muerte. Aunque aquel hombre estaba hambriento, su primera reacción, fue la de decir alguna palabra, pero uno de los hombres que estaban en pie frente a él le hizo un gesto para que empezara a comer. La comida fue copiosa, al terminar y sin mediar palabra le ofrecieron al invitado una copita para hacer la digestión. El forastero acepto encantado, pero al terminar su último trago cayó fulminado en un profundo sueño, como era de esperar nadie dijo nada. Al día siguiente, amaneció un poco más tarde, como a las ocho de la mañana, las caras de los aldeanos denotaban el cansancio de una noche ajetreada. No por ello cambió la rutina del pueblo; las mujeres continuaban lavando la ropa en el río, aunque se tuvieron que emplear a fondo para quitar las manchas de sangre de las ropas de sus maridos, los hombres alimentaban a sus animales con pequeños trocitos de carne y las aspas del molino continuaban girando como de costumbre.